Relato curso 3

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Relato curso 3

Mensaje  alherrero el Mar Jun 15, 2010 7:46 pm

Aquí os dejo el relato del tema 3



Tengo un presentimiento

Los tres se encontraban absortos en sus propias reflexiones para aguantar mejor la espera. La luz espesa de la mañana accedía a la sala a través de la cortina de gasa que cubría un ventanal cerrado (el día era caluroso pero había aire acondicionado en el interior). Seguro que si alguien lo abriera se escucharían los picotazos de los pájaros carpinteros apostados en los troncos de la alameda de enfrente. Sally estaba pensando en esa posibilidad cuando bajó la mirada hacia su abdomen y exclamó en voz alta sin quererlo:

—Tengo un presentimiento.

Roger, su marido, que en ese momento le daba vueltas al pedido de dos sillones de despacho para el bufete Tallman y Tallman (lo atendió por teléfono la tarde anterior con mala gana sin recordar por qué), se volvió hacia su esposa con cierta apatía.

—¿Cómo dices, cariño?
—¡Oh, nada importante!
—Pero algo has comentado… ¿Te encuentras bien, verdad?
—Sí, tranquilo. Estoy ya casi en el tercer mes de embarazo y todo va a las mil maravillas, así que deja de preocuparte. Enseguida, lo confirmará el doctor, ya lo verás.

El hombre intentó regresar a sus cavilaciones: las esperas no solían ser de su agrado.

—Ha dicho que tiene un presentimiento —dijo entonces Eleanor con ese tonillo de saberlo todo que a Roger siempre le fastidiaba. Eleanor habló desde el rincón opuesto de la sala sin retirar la mirada del cuadro de un tal P. Brunswick (según se apreciaba en la firma) que estaba expuesto en la pared.
—¿Un presentimiento? —preguntó Roger dirigiéndose con extrañeza a su mujer— ¿A que te refieres?
—No es nada… —alegó Sally tratando de no dar ninguna importancia a la observación que acababa de hacer.

Eleanor dejó de curiosear la pintura y se volvió hacia el matrimonio, acomodado en un sofá de tres cuerpos. Un sofá, dicho sea de paso, un tanto austero para la abigarrada decoración de la consulta del doctor Laver. Toda ella parecía sacada de una mansión colonial: lámparas de cristalitos colgantes, cuadros de monterías, alfombrillas turcas y un curioso olor a azafrán que Roger no atinaba a adivinar de dónde procedía, pero hasta su imaginación acudieron agradables recuerdos de la granja de sus abuelos en Pensilvania donde pasó los veranos hasta la adolescencia.

—Pues, hija, si no es nada no pronuncies tus pensamientos en voz alta. Ya sabes lo sensible que es tu marido.
—Vale, mamá —dijo Sally, mientras Roger juntaba los morros para dar a entender una muda irritación.

Llevaban esperando casi un cuarto de hora. Una enfermera elegantemente uniformada les había comentado cuando llegaron, al tiempo que les invitaba a sentarse, que el doctor Laver les recibiría en cuanto le fuese posible. El doctor Laver era uno de los más afamados ginecólogos de la ciudad y Eleanor se ocupó de que fuera el médico que tratase a su hija a poco de enterarse de su embarazo.

—Pues yo quiero saber por qué tienes un presentimiento y de qué —insistió Roger intentando coger la mano de su esposa que esta rechazó suavemente.
—Te digo que es una idea peregrina.
—Aun así, la podrás compartir conmigo, supongo.
—Las mujeres somos así, querido yerno… y más si estamos embarazadas. Cuando yo lo estaba de Sally —y Sally resopló: no le apetecía que su madre recordase historias de su niñez en estos momentos— me acuerdo que tenía presentimientos, montones de presentimientos, ya lo creo… y antojos, y rarezas… qué se yo cuántas manías y caprichos pasaban por mi cabeza. Caprichos, por cierto, a los que tu padre con su desidia habitual solía responder: “Ya se te pasará, cielo”. Y claro que se me pasó: En cuanto te oí llorar tras hacerte aparecer en este mundo.
—¡Mamá, por favor…! —exclamó Sally reconviniendo a su madre mientras se levantaba de su asiento.

De pronto, los tres callaron como si les hubiese parecido que la enfermera se iba a presentar en ese instante para hacerles pasar. Pero no, el picaporte de la puerta del despacho del doctor no se movió.

—Está bien —dijo Sally sintiéndose algo molesta por tener que hablar de sus ocurrencias—. Tengo el presentimiento… de que van a ser dos.
—¿Dos? —Se apresuró Roger a indagar— ¿Dos qué?
—Pues dos… dos bebés.
—¿Gemelos…?
—Gemelos, mellizos, sí… eso creo. No me preguntes por qué, pero noto una cierta corazonada.

Eleanor se rió.
—No le encuentro la gracia —le recriminó Roger—. Dos niños de golpe, madre mía, sería un…
—¿Un… qué, cariño? —cortó Sally de inmediato.
La suegra se rió con mayor sonoridad a la espera de la reacción de su hijo político. Este la observó con rabia.
—… un mazazo —se atrevió finalmente a decir.

Sally dirigió a su marido una mirada afilada. Eleanor se acercó a la pareja y comentó jocosa:
—A tu padre le hubiera divertido mucho tu “presentimiento”. Lástima que haya tenido que atender un asunto urgente con su asesor financiero, de no ser así hubiera recordado a su hermano mellizo.
—¿Hermano mellizo… en serio? —preguntó Roger con evidente asombro.
—¡Pues claro!—le recalcó la suegra con esa expresión punzante de dar todo por sentado que tanto exasperaba a su hija— ¿Tu mujer no te lo había contado?

Sally efectivamente se exasperó, pero a su madre le gustaba mantener las riendas en estas tensas situaciones.
—Pues le podías haber dicho, hija, que tuviste un tío mellizo. Claro que no sobrevivió más que unas horas, también es verdad.
—¡Vaya, qué lamentable suceso! —exclamó el marido dejándose caer en el respaldo del asiento.
—Así que no encuentro extraño que tú puedas engendrar a dos bebés también —concluyó la madre.

Engendrar: qué complicada suena esa palabra, pensó Roger, mientras acudía a su mente la imagen de un bebé inmóvil.

—¡De acuerdo, está bien! —terminó por irritarse Sally— Da igual si tengo o no tengo un presentimiento, qué sé yo. Lo que si me importa, Roger, es saber por qué te parece un mazazo, tal y como has dicho.

Roger miró a su mujer temeroso de no sabía realmente qué.
—Quise decir…
—Ya sé qué has querido decir.
—No, cielo, sólo es que…
—Que sí, que no creo que el asunto sea cuántos bebés vengan, sino que sigues pensando que no es buen momento para tener niños, ¿no es cierto?
—No es eso, mujer, sí que deseo este hijo.
—O hijos.
—O hijos, vale. Parece que estuviera en tu mano decidir el número de bebés que has de tener –terminó diciendo Roger difuminando el final de la frase hasta casi no oírse.

Eleanor les dejo debatir sus insulsas diferencias (a su entender, por supuesto) sin meter baza. Pero aguantó poco como espectadora.

—Chicos, chicos. Lo importante es que vengan bien, sean los que sean. Por lo demás, querido Roger, de todo se sale adelante. Mira, yo tuve cuatro y nunca he sentido tanta emoción como cuando los contemplaba a todos juntos deshaciendo la paz de la casa mientras bordaba una mantelería.
—Mamá, por favor, deja para otro momento tus recuerdos.
—Claro que a tu padre, hija, nunca le pareció muy conveniente tanto crío y constantemente se quejaba de los ruidos, de las incomodidades, de las inoportunas peticiones de los niños. ¡Qué hombre tan poco paternal, Dios mío!

En estas, se abrió la puerta de la consulta y apareció una mujer sola, de treinta y tantos años, que acarreaba una barriga muy desarrollada. La enfermera la despidió afablemente mostrando una sonrisa fingida como la de una muñeca infantil, después miró a Sally y dijo:
—Pueden ustedes pasar.

Entró primero Sally algo alterada porque deseaba que Roger fuera más sincero y más claro cuando ella le preguntaba por sus sentimientos, pero él siempre se escondía tras una barrera de inquietud confiando en que el tiempo hiciera desaparecer como por arte de magia sus temores. Tras ella, y a trompicones, como si tuviera prisa, entró Eleanor mascullando la posibilidad, más que presentimiento, de que no sería una sorpresa que su hija estuviera embarazada de gemelos; sin embargo, pensar en el hecho de que perdiera uno de ellos le llenaba de resquemor (injusto, desde luego) hacia su marido porque intuía que acabaría echándole la culpa por ello. Luego siguió Roger con el gesto descompuesto aún por lo escuchado y porque no pretendía, claro está, que su poca o nula apetencia por tener un hijo en esta fase de su vida —caray, justo ahora cuando estaba pendiente de lograr un merecido ascenso a subdirector de área en la compañía de muebles de oficina donde se colocó gracias a su suegro, íntimo amigo del dueño y presidente—, influyera en el ánimo de su esposa: realmente era lo último que deseaba porque la amaba de verdad. Cerrando la fila formada para entrar al despacho, la asistente del doctor Laver pensaba únicamente en el fin de semana que su novio le había organizado en un hotelito —muy acogedor le había dicho—, en la boscosa comarca de Cartwide a orillas de lago Twin Boys.



Tras casi una hora de un reconocimiento por parte del doctor Laver normal y propio del tiempo de gestación que Sally llevaba, volvieron los tres a la sala de espera. La enfermera los despidió con su sonrisa fingida.

—Hasta dentro de un mes entonces —les recordó—. ¡Ah, y enhorabuena!

Ninguno respondió. Sólo a Sally se le escuchó un tímido e imperceptible “gracias”.

Una vez en la puerta de entrada, Sally observó con preocupación cómo su madre había cambiado su semblante en la consulta. De pronto, se mostró distraída con un aspecto serio y retraído. No era normal. Incluso se había comportado hasta educadamente, sin apenas interrumpir ni dar consejos inoportunos. Le asaltó el presentimiento (vaya, otro presentimiento) de que algo no marchaba.

—Roger, cariño, acércate a por el coche que nosotras te esperamos aquí. Hace un poco de calor y estoy cansada del ajetreo.
—Claro, vengo enseguida.

Las dos mujeres vieron alejarse al marido calle arriba en busca del vehículo que habían dejado estacionado no excesivamente lejos.
—Bueno, mamá, cuéntame.
—¿Qué quieres que te cuente?
—Vamos, mamá, algo anormal te sucede. Lo sé, te conozco. Tu voz te delata.

Eleanor reflexionó antes de hablar lo que ciertamente confirmó las sospechas de Sally.
—Cielo, sabes que yo sólo quiero lo mejor para ti —habló con una entonación dócil y mirando profundamente a los ojos de su hija pequeña—. Sí, ya sé que a veces… o mejor dicho, muchas veces, no soy precisamente la madre que debería ser, ni la persona más amable del mundo…
—Mamá… ¿qué ocurre?
—¿Vosotros os lleváis bien?
—Pues sí, desde luego —respondió la hija elevando las cejas con aire de incomprensión— En fin, tenemos nuestros problemillas claro está, pero sabemos manejarlos. Ya ves que Roger anda un poco aturdido con lo del embarazo. Es lógico porque quería que aguardásemos a que se produjese su ascenso, pero ya lo hemos hablado en multitud de ocasiones y le he dicho que no se preocupe, que podrá llegar lejos en su trabajo y que además tendrá los mejores hijos que yo pueda darle.
Eleanor sonrió tímidamente para intentar alegrarse por su hija, pero Sally captó enseguida lo forzado de su intención.
—No te preocupamos nosotros, ¿verdad?

La madre suspiró con gran sonoridad como tantas veces hacía y agarró la mano izquierda de su hija con cierta fuerza. Sally se preparó.
—Se trata de nosotros, hija: de tu padre y de mí. Nos vamos a divorciar. Anoche lo decidimos. —Una lágrima espesa comenzó a caer por la mejilla de Eleanor. Sally se dio cuenta en ese instante de que no recordaba a su madre llorando—. No he querido que lo supieras antes del reconocimiento. Ya sabes que estas cosas en tu estado pueden afectar.
—Pero si no he sospechado nada… ¿qué ha pasado?, ¿por qué?
—Digamos que no nos es posible ya seguir engañándonos mutuamente.
—¿Es algo que papá ha hecho?… o, quizás…
Sally se interrumpió al divisar en ese instante el vehículo acercándose, mientras Roger hacía señas desde el interior.
—Me quedaré a almorzar en vuestra casa —propuso la madre— y después de que Roger se vaya a la oficina, te lo contaré con más calma. Pero no tienes que sentirte mal, cariño, son cosas que pasan.
—Lo siento, mamá —exclamó Sally a la vez que la abrazaba con gran ternura y delicadeza.

Roger se detuvo a la altura de las dos mujeres y descendió para ayudarlas a subir. Al verlas abrazadas sintió un escalofrío de inquietud. Una vez acomodados todos en el interior, se creyó en la necesidad de decir:
—Nena, no tienes que preocuparte: voy a ser el mejor padre de gemelos que jamás haya existido.

Y arrancó con el ánimo eufórico.

* * *

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Comentario

Mensaje  Admin el Vie Jun 18, 2010 1:41 am

Me ha gustado el relato aunque creo que la separación entre ambas historias es un poco brusca. Mi imagino que se trata del ejercicio en el que Diana mandaba una historia, al principio escondida, que iba surgiendo poco a poco. Pero aquí parece que casi no existe la transición de una a otra. Cuando entran en la consulta todo se centra en el embarazo y luego en el divorcio.

Eso sí. Me han encantado los diálogos, muy naturales. Y transmiten mucho, como la típica relación suegra-yerno e incluso la relación marido-mujer, con frases que se dicen bajito por miedo o incluso frases que no se dicen o se dicen con mucho cuidado. Fenómeno.

Voy a ver si me leo tu otro relato que se me acumula el trabajo

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