Relato curso 4

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Relato curso 4

Mensaje  alherrero el Mar Jun 15, 2010 7:49 pm

Este es el relato del tema 4



Vuelta a casa

El avión inclinó el morro hacia el cielo y ascendió con decisión: volvían a casa. Cuando ya los árboles se veían del tamaño de una almendra, Micaela dio un toquecito en el hombro a su marido que tenía los ojos cerrados.
—¿Ya te has dormido?

Agustín solía adormilarse con cierta frecuencia en cualquier transporte público: amodorrarse era su forma preferida de sobrellevar un viaje, igual daba corto que largo. Ella lo achacaba a la edad; él intentaba convencerla de que siempre había sido así. Ella insistía: la jubilación te amuerma, te lo digo yo. Él dejaba de hacerle caso. Si lo haces hasta en el tranvía, concluía ella. ¡Bah!, replicaba él, todo el mundo de cualquier edad y condición se adormece en los tranvías de Zurich. Así son los germano-suizos: muy activos en el trabajo pero aletargados en el resto de su existencia. Bueno, esa era su conclusión tras algo más de treinta años observándolos a diario. Pero era verdad que no podía evitar las cabezaditas en cuanto notaba el movimiento como un bebé al que se acuna para que se duerma. Así, recordó sin ir más lejos cómo enseguida dormitaba en los trayectos por tren hasta Munich que de vez en cuando realizaban para visitar a sus nietos, los mellizos de Luis, su hijo mayor, casado con una bávara, enorme por cierto. Menos mal que Luis afortunadamente llegó “más cerca del cielo que del suelo”, como decía la anciana tía Remedios a cualquiera que sobrepasaba lo que para ella era una altura importante (por ejemplo, llegar al armario alto de la cocina sin subirse a un taburete), y de esta forma ambos formaban una pareja… enorme. También sesteaba en los viajes en avión. Sonrió interiormente al verse en los de aquella época en que sus jefes tuvieron a bien regalarle una semana de recreo (junto a su mujer). Obtenían el obsequio cada año en que los beneficios de la compañía de seguros “Schweiz Versicherung AG” en la que trabajó hasta hacía dos meses alcanzaban cierta cota. En ellos se adormecía hasta que Micaela no aguantaba más y le despertaba para charlar, para jugar, o para lo que fuera con tal de tenerle espabilado. Eso duró cinco años seguidos en los que visitaron: Estambul, Atenas, Estocolmo, Nueva York y Túnez. Incluso (de pronto le vino a la memoria también), ya con ocho o nueve años, se quedaba levemente transpuesto, sin importarle los gritos de sus compañeros de primaria, en el autobús destartalado que les trasladaba desde su minúscula aldea hasta Pola de Allande, donde había una escuela repintada miles de veces pero en la que cabían apretados todos los críos de las poblaciones del concejo.

—Despierta, Agustín —incordió de nuevo Micaela.
—Que no estoy dormido, mujer —repuso con desgana mientras se apagaba la señal de abrocharse los cinturones.
—Pues lo parece.

Agustín aprovechó entonces para ojear la manoseada revista de la compañía aérea, donde leyó sin atención (como se suelen leer estas revistas) el eslogan de un anuncio turístico: “Visite Suiza y querrá quedarse para siempre”.

Cuando Micaela le preguntó si opinaba (al igual que ella) que habían pasado una entretenida y emotiva semana en el pueblo, el hombre se acomodó más erguido en el asiento para dar a entender que le iba a prestar interés.

—Desde luego que sí —respondió—. Ha sido agradable. Tanto afecto, tanta cordialidad y… tantos recuerdos. Claro que el tío Manolo se puso demasiado… ¿cómo diría?… pomposo con lo del homenaje de anoche. Me sentí como un bicho de exhibición.
Micaela se giró en el incómodo asiento como pudo para poner a su marido cara de cierta perplejidad.
—No es para tanto. Al fin y al cabo es mi hermano —dijo—, y es muy querido y apreciado, no solo por la familia, sino por la parroquia entera.
—¡Nos ha fastidiado que le deben querer! Lleva de alcalde quince años, creo que me dijo, que se dice pronto.

El avión hizo en ese momento un cambio de dirección inclinándose intensamente sobre su ala derecha. Ambos se agarraron a los apoyabrazos para mantener el equilibrio. Al reponerse la horizontal, Agustín miró por la ventanilla y comprobó lo despejado de la vista. Ya verás cómo se poblará de nubes en cuanto crucemos los Pirineos, pensó. Esta Europa es un mar de nubes permanente. Tenía que reconocer no obstante que el paisaje suizo, el montañoso, el encapotado, el húmedo, se asemejaba en cierta medida a su querido paisaje asturiano, aunque las montañas astures fueran más menudas.

Habían despegado del aeropuerto de Madrid un par de horas después de tomar tierra procedentes de Asturias. El hijo del tío Manolo, Pepín, se ofreció a llevarlos en su furgoneta nueva hasta el aeropuerto del principado. Se despidió de ellos diciendo un lacónico “Hasta siempre, tíos”.

—Me emocionaron las palabras de Basilio —continuó Micaela— cuando comentó aquello de que siempre habían notado nuestros corazones en cada rincón de la aldea y en cada pensamiento de sus habitantes. Eso dijo. Qué bonitas frases nos dedicó, ¿no te parece?
—Desde luego, mi cuñado siempre ha sido muy considerado a la hora de elegir las alabanzas. Acuérdate de la última vez que estuvimos, cuando la muerte de mi madre. Todo el mundo quería que Basilio pronunciase unas palabras en el momento de darle sepultura y mi hermana, que estaba hecha polvo, por cierto, no se negó a que su marido accediera.
—Es verdad.

Micaela cogió la mano de Agustín por si acaso se emocionaba al recordar a su madre, aunque de aquello habían pasado casi diez años. Estaba muy unido a ella porque apenas conoció a su padre, dado que falleció cuando él contaba sólo dos años de edad.

—Y qué me dices de tu hermano Juan —siguió la mujer rememorando—. Nunca os llevasteis bien, ya lo sé. Y menos después de marcharnos al extranjero dejando que él se ocupara de tu pobre madre, anciana y desvalida. Entiendo que no fuera de su agrado, ¡pero es que Juan era soltero y tú no!
—Dejemos eso, quieres.
—En fin, que lo que más me sorprendió, como te digo, fue esa actitud suya tan condescendiente con nosotros, sin reproches, deseándonos que tu nueva vida de jubilado nos fuera propicia, como la de esos viejos europeos bien acomodados que vienen a España a veranear y a disfrutar de nuestras costumbres. Eso dijo. ¿Nosotros… viejos europeos?

Agustín compuso una media sonrisa y su mujer arqueó las cejas.
—Quien me disgustó un poco, por no decir bastante, fue la Candelas cuando empezó a cantar pretendiendo lanzar grititos tiroleses —comentó Micaela.
—Iba ya un poco piripi, yo creo. Además pocos le rieron la gracia.

Agustín elevó la mirada hacia el panel de luces situado justo encima de su cabeza sin fijarse en los detalles. Su mente viajaba ahora hasta el día en que decidieron salir —allá por el 78— de las duras condiciones de aquel mísero y opresivo entorno. Esas tierras enclaustradas, confinadas en esos hermosos pero recónditos valles asturianos en el corazón de los Picos de Europa, no podían someterlos durante toda una vida, como había ocurrido con las generaciones anteriores desde tiempos inmemoriales. Por aquel entonces advirtió a su mujer que emigrar sería doloroso, pero calculaba que en cinco años, quizá cuatro o menos, podrían disponer de recursos suficientes para volver a casa y llevar una existencia más digna. Había que ser valientes. Micaela le creyó y asintió como le correspondía a la esposa en una comunidad encerrada en sus miedos al exterior desconocido, muy alejada de las nuevas costumbres sociales de apertura y libertad que se estaban desarrollando en el resto de España.

Volvió la vista entonces a su mujer que había apoyado la nariz en el cristal del ventanuco para pedirle perdón por no cumplir su palabra: no fueron cinco años, sino más de treinta los que llevaban fuera de su tierra natal.

—Micaela, yo…

Pero no le aparecieron las fuerzas necesarias. Su voz fue un susurro que su esposa no llegó a oír. Ella no se despegó de la ventanilla.

Hacía seis meses que comenzaron a pergeñar la posibilidad de retornar a sus raíces. Tenían bastante dinero ahorrado para una vida acomodada, añadiendo que sus tres hijos ya establecidos no les necesitaban. Total, cada uno residía en lugares diferentes a Zurich: Luis, el bávaro, en Munich; Adela, psicóloga en Ginebra, en la sede central de la Cruz Roja; y el pequeño, Pedro o Pedrín como le gustaba a su madre llamarle aún a pesar del constante enojo de su hijo por el diminutivo, veintidós años y ya ayudante de diseño en la fábrica de motocicletas Ducati, en Bolonia. Todo esto, unido a la recién estrenada jubilación, les hizo contemplar muy seriamente la opción de lo que durante bastantes años estuvieron madurando sin atreverse a realizar por unas u otras razones: retornar al hogar, a su verdadero hogar. Y sin olvidar la rémora de que nunca, después de tres décadas, se habían sentido suizos; ya no sólo por no haber cambiado la nacionalidad (en Suiza es muy difícil obtenerla por otro lado), sino que nunca consideraron que su vida social estuviera plenamente integrada en las costumbres helvéticas. A ellos siempre les gustó charlar ante una mesa bien servida, pasear al atardecer por los senderos de la montaña, celebrar el mínimo evento que sucede en nuestras vidas, hablar del futuro de los hijos con los vecinos; en definitiva, lo que suponían que debían ser cosas ciertamente normales, no hallaron en tan largo periodo de tiempo una respuesta afín por parte de sus convecinos.

—¿Qué miras, mujer?
—La importancia que le damos al mundo con lo pequeño que es.

De esta forma, la pareja ideó este viaje a Asturias, a sus terruños, a sus respectivos pueblos —distintos, aunque prácticamente el mismo: San Casiano del Valle, la aldea de Micaela, y Belistende, la de Agustín, distaban menos de dos kilómetros la una de la otra, ambas del concejo de Allande, uno de los más despoblados y desventurados del principado—. Pretendían valorar seriamente el traslado definitivo a su tierra.
Pasaron una semana de añoranzas, de emociones y de buenos deseos, pero también tuvieron que escuchar cómo amigos, conocidos y hasta familiares se referían a ellos en muchas ocasiones, de manera espontánea eso sí, como los extranjeros. Poco a poco empezaron a notarse desarraigados, sin poder definir el lugar con el que identificarse. ¿Cuál era su casa, su sitio, su identidad?

Micaela dejó de contemplar el horizonte. Completamente mudos, se buscaron la mirada y ambos asintieron lo que sin duda eran unos pensamientos comunes. Sus expresiones marcaron la depresión de sus sentimientos más profundos.

—Mira, ahí están los Pirineos, mujer —dijo él arrimando la cara a la de su esposa, mientras señalaba a través del cristal—. Debemos estar a medio camino.
—Cómo me gustaría poder saltar en paracaídas aquí mismo y que empezáramos la vida que nos reste de luchar en un nuevo lugar donde nadie nos recuerde, Agustín —deseó ella, mientras una lágrima compartida navegaba a través de sus mejillas unidas.

Efectivamente, el avión se introdujo en un espeso mar de nubes.

* * *

alherrero

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Comentario

Mensaje  Admin el Dom Jun 20, 2010 1:01 pm

De nuevo, me ha gustado Ángel. El sentimiento de desarraigo de la pareja, extranjera en los dos países, el ambiente del pueblo, los diálogos y los silencios, las cosas que no se dicen por falta de valor...

Ya sabes, cuendo puedas, nos pones los comentarios de Diana.

Bye, Ángel

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A mí también me ha gustado

Mensaje  elisarmas el Lun Jun 21, 2010 6:49 pm

Me admira la capacidad que tienes para crear personajes distintos y situarlos en situaciones también diferentes, nunca se te agotan las ideas. El manejo del diálogo también es buenísimo, muy natural.

elisarmas

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Muchas gracias

Mensaje  alherrero el Jue Jun 24, 2010 8:40 pm

Muchas gracias por vuestras opiniones y halagos. Me llenan de satisfacción, en serio.

Os dejo la opinión de Diana en el taller:


"Es muy bonito y tierno el relato que te ha surgido de esta propuesta. El avión y el hecho de que todo el cuento transcurra durante el viaje es una hermosa metáfora de ellos mismos como emigrantes, como personas cuyo hogar no está definido (tal como Micaela anuncia al final del cuento).

Especialmente hermoso es el final abierto, muy delicado, en el que en realidad no sabemos si van a volver o no a Asturias, sino que simplemente se deja caer que, a pesar de que en sus cabezas siguieran pensando en esa tierra como "su hogar", la vida ha cambiado ese concepto para ellos. Quizá con el título aclaras bien por dónde va a ir el final del relato.

En suma, un cuento muy profesional, sutil y muy bien escrito."



Un saludo

alherrero

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Enhorabuena, Ángel

Mensaje  elisarmas el Jue Jun 24, 2010 8:53 pm

Hemos coincidido los tres. Me alegra que a Diana también le haya gustado y que te dedique esas palabras tan elogiosas.
Un beso.

elisarmas

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